En una de las esquinas más silenciosas de la Avenida Juárez con la 17 Sur en Puebla, se alza una mansión que durante más de cien años ha sido guardiana de secretos. Desde su construcción en 1890 por la familia Giacopello, inmigrantes italianos, esta casona dejó de comunicarse con el mundo exterior. Las ventanas y rejas, ahora abiertas al bullicio de la ciudad, fueron selladas, cubiertas, tapiadas: como si quienes habitaban su interior quisieran desdibujarse, hacerse sombras, permanecer invisibles.
La leyenda cuenta que dentro de esos muros viven —o vivían— “enanitos” que deambulan por los jardines al caer la tarde. Vecinos susurran que no son más que niños en juegos, muebles sobredimensionados que los vuelven pequeños ante los ojos de quienes los espían desde la calle. Otros, más convencidos de lo sobrenatural, afirman que la atmósfera allí es densa, cargada de un murmullo latente de tragedia, pues se dice que una hija de los Giacopello se quitó la vida y que esa tragedia dejó una marca imborrable.
Pero el enigma que por décadas encendió la imaginación poblana comenzó a disiparse recientemente. En 2018 la casa abrió sus puertas al público, permitiendo entrar su silencio, recorrer sus veinte habitaciones, contemplar los jardines. Las láminas que ocultaban sus rejas fueron retiradas, y la luz, por primera vez en años, atravesó los ventanales. Hoy, más que un inmueble enigmático, es un testimonio de la riqueza histórica y cultural de la ciudad, aunque la leyenda persiste: quienes la visitan no pueden evitar preguntarse si, entre el murmullo de los muros y el suspiro de los árboles, aún deambulan aquellos enanos que dieron nombre a la casa.